Panamá: Su cuerpo, su gente y Taboga

¿Por qué fui a Panamá? Porque cuando uno comparaba los precios de los pasajes de avión, era el lugar más barato a donde se puede ir desde Quito y Vancouver, $308 y $380 respectivamente. Panamá no era mi destino, sino uno compartido con mi novia. Nuestra segunda opción era Costa Rica pero a los ecuatorianos los ticos nos piden visa.

Fui con un poco de prejuicios. La ciudada la había visto desde el avión algunas veces y emanaba un aire similar al de Guayaquil. Ya saben, donde el mar no es playa sino una calle para barcos. El contraste al llegar es evidente. Uno mira los lujosos rascacielos al aterrizar pero apenas sale del avión se da cuenta de los problemas que existen en el propio aeropuerto. Las pantallas con los estados de vuelo no son digitales sino que transmiten video con información desactualizada. Los enchufes no sirven. No hay información clara y hace un calor…

img_6489

El camino al hotel (que fue uno de los más baratos que encontré) mostraba una ciudad poco amigable. No había gente en las calles porque no hay uso mixto de suelo, y a veces porque ni siquiera hay veredas. Hay grandes porciones de tierra abandonadas y se percibe claramente la diferencia entre barrios ricos y pobres. El casco viejo está rodeado por invasiones por las que tuvimos que pasar y la gente no vive en la mejor de las condiciones. Uno de cada cuatro panameños es pobre, no tiene servicios sanitarios y el 11% de la población sufre de desnutrición.

img_6445

Fuera de eso, se sintió tan bien estar de nuevo en América Latina. Tener a nuestros referentes culturales adornando las paredes y estanterías. En el primer día nos escapamos a dar una vuelta por los alrededores del Hotel Casa Panamá (un edificio antiguo restaurado que estaba con 60% de descuento) y terminamos en “Picasso”, un bar restaurante donde nos sirvieron una mezcla de mariscos, ceviche y asado. La comida en Panamá es buena —cualquier cosa es mejor que la comida desabrida de Vancouver— pero los precios no son nada relajados. Un plato costó, en promedio, trece dólares. Obviamente la gente sabía que éramos turistas así que estoy seguro de que se puede conseguir algo más barato pero es un lujo que no nos pudimos dar.

Donde sí ahorramos fue en el transporte. Inicialmente solicitábamos al hotel que nos lleve a cualquier parte pero un día los choferes estaban ocupados y decidimos tomar nuestro propio taxi. Oh sorpresa, la diferencia entre el taxi del hotel y el que uno toma en la calle era abismal. Al menos tres veces más barato. Esto lo descubrimos yendo al centro comercial y no fue sino hasta el regreso que entendimos la razón. Después de que la mera existencia del mall me haga sentir mal, quisimos regresar antes de lo planificado. En la salida, como sucede en todas partes, nos preguntaron que a dónde vamos pero después de darles la dirección, nos hicieron esa segunda interrogante que nunca había escuchado antes “¿y cuántos son?” “Somos dos”, “son diez dólares”, “no gracias” (y es que venir me había costado tres dólares). Luego saltó el segundo a bordo. “Yo les cobre siete —y aquí viene la explicación del sobreprecio—, no le puedo cobrar menos. El taxi amarrillo que usted para en la calle le cobra eso porque son taxis comunitarios. Si el taxista ve a otra persona que se quiere subir le va a decir ‘muévase para la izquierda’ y hace carrera para los dos”.

img_6488

Los taxis en Panamá funcionan como el bus en Ecuador. Se sube el que pueda. No hay rutas preestablecidas pero nada le obliga al taxista a no parar y preguntar al que le hace señas que a dónde va. “Yo estoy afiliado al centro comercial” (tenían uniforme) “y si a ustedes les pasa algo el centro comercial tiene que responder”. Entonces nuestro chofer nos dio una explicación de que los últimos tres meses del mes también trabajan los amigos de lo ajeno y que es mejor tener alguien de confianza. Después nos contó del turista ecuatoriano al que llevó a la playa. Nos dijo cuánto costaba y comparó sus precios con los de las agencias turísticas y nos dejó su tarjeta para que le podamos llamar. Esa, pienso yo, es una buena representación del panameño que encontramos los turistas. Ellos dependen mucho de la divisa extranjera e improvisarán de lo que sea necesario para ganarse el sustento. Además es gente alegre y conversona.

Lo importante de todo esto es que ya sabíamos cómo ir a la playa. Desde el hotel teníamos vista al mar pero había una tremenda cadena en el parque que llevaba a la costa porque la basura se amontonaba con el venir de las olas. Nos levantamos temprano al siguiente día y tomamos un ferry que nos llevó a Isla Taboga.

img_6504

A diferencia del ferry entre Canada Place y North Vancouver, este era abierto y algo más pequeño. En lo que sí se parecen es que ambos ofrecen wifi y en ninguno funciona. A pesar de que teníamos un clima perfecto, yo estaba escondido del sol porque un antibiótico que estaba tomando me producía fotosensibilidad. Obligatoriamente me tocó alquilar un parasol y un par de sillas que costaron otros quince dólares por todo el día. Llegamos a las once y nos fuimos a las cuatro. Creo que ese fue uno de los días más bonitos que tuvimos. Paseamos por la isla, nos encontramos con gatos callejeros. Conocimos la que dicen es la segunda iglesia más antigua del hemisferio y comimos en un pequeño espacio llamado Calaloo. Me prometí a mí mismo darle una buena reseña en google maps y se la debo.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

De qué realmente se trata el debate sobre el aborto

Esta semana se me ocurrió opinar sobre el aborto en Twitter y como resultado mantuve una serie de conversaciones al respecto. La mayoría de las personas con las que hablé se oponía a la despenalización del aborto, algunas en toda circunstancia otras en ciertos casos. En un momento empecé a discutir sobre la diferencia entre embrión y feto. Me respondieron que eso era algo completamente arbitrario (lo cuál es bastante cierto) y decidí callarme porque me di cuenta que la discusión no debe ir por ahí.

Me dediqué a entender a las personas que me estaban hechando la contra (yo sí pienso que se debe despenalizar el aborto) y me llevé la grata sorpresa de que en esa viña hay de todo. Lo que es más importante, uno no puede asumir que todos piensan igual y convencerlos con el mismo argumento. Primero, eso es mentira. Segundo, es estúpido. Y tercero, asume una posición superior de nuestra parte. Estoy abierto a la posibilidad de que me hagan cambiar de opinión y, por ende, escuchar los argumentos de la otra persona (aunque no lo haga por primera vez) me permite saber dónde traza la línea y, quien sabe, conocer nuevos detalles que antes no se me habían ocurrido.

Resulta que hay mucha pelea que se enfoca en la naturaleza del embrión humano. Básicamente aquí hay una gama de ideologías que van desde querer proteger la vida del embrión como se protegería la vida de cualquier ser humano hasta la deshumanización del producto del embarazo. En etapas tempranas, dicen estas personas, el embrión carece de aquello que lo hace humano.

Esa casi siempre es una pelea perdida sin importar de qué lado estén. Uno no puede deshumanizar al embrión si el otro lo ve como un igual porque tiene el potencial de tener una vida normal (porque es cierto). Y es igual de difícil convencer a las personas sobre la consciencia del embrión, si estas piensan que la consciencia humana es la manifestación de circuitos neuronales que el embrión aún no desarrolla. No le puedes hablar a alguien de un bosque si es que no existen árboles.

Luego está la pelea sobre el derecho reproductivo y el derecho a ser “dueña de mi cuerpo”. Si el embrión no es un ser humano, entonces la mujer está realmente decidiendo sobre su cuerpo. Si el embrión es un ser humano “que no tiene la culpa”, entonces tenemos el efecto contrario. Si la persona embarazada no quiere tener un hijo y pensamos que debe hacerlo, es entonces la mujer quien es deshumanizada y cosificada. Ella es un canal para la nueva vida. Quienes se oponen al aborto podrán o no reconocer que el embarazo tiene consecuencias para la mujer pero todos estos cambios son, a sus ojos, reversibles. “Aguántate nueve meses”, aunque todos sabemos que es mucho más.

Es imposible superar enteramente estas dimensiones del debate pero al menos debemos dejar sentado que el embrión no es el único objeto de deshumanización en el contexto de un embarazo no deseado. Como ya expliqué en el párrafo anterior, la aserción de que una mujer embarazada debe mantener su embarazo la reduce a una función reproductiva por encima de sus decisiones de vida constituye también un proceso de deshumanización de la mujer.Y no hay duda alguna de que una mujer es un ser humano completo. La mujer está en su derecho de decidir el rumbo de su vida sin importar cómo se embarazó —y aquí es donde el embarazo por violación alivia esa tragedia social que es decirle a la mujer que ella decidió tener sexo y, por tanto, mantener el embarazo es su siguiente obligación.

Y luego está el verdadero debate. Si estamos hablando de la despenalización del aborto, no estamos hablando de si el embrión es o no humano, aunque importa. O de si la mujer tiene derecho o no a decidir sobre tener un hijo, aunque es una consecuencia inevitable. La despenalización es decidir si una mujer que ha abortado debe o no ir a la cárcel. Y aquí es donde yo me pregunto ¿a quién en este mundo se le ocurre que eso sea una buena idea? (No, no quiero que me mencionen candidatos a la presidencia)

Aquí hay varias presunciones que debemos tocar. La primera es que la pena de cárcel va a disminuir los intentos de aborto. Esto es altamente ineficaz. Los embarazos ocurren en escenarios íntimos y las pruebas de embarazo son libremente distribuidas sin registro alguno (y así debe ser). Una vez que una mujer está embarazada y decide abortar, lo va a hacer. ¿Por qué? Pues porque es un costo demasiado alto. No es que las mujeres no piensen en la posibilidad del castigo pero muchas de las veces la situación rebasa sus posibildades. Un estudio realizado por la agrupación ciudadana por la despenalización del aborto terapéutico, ético y eugenésico de El Salvador evidenció que las mujeres perseguidas penalmente son en su mayoría mujeres en situaciones de pobreza o totalmente dependientes económicamente.

Además no sólo está la carga económica. No voy a generalizar aquí todos los casos pero me voy a enfoncar en aquellos donde el trauma emocional de un embarazo resulta una carga emocional demasiado grande para una mujer. Así se lo explicaba ayer a una amiga: Si una mujer—y aquí querido lector piense en una mujer joven que usted quiere y aprecia como a una hermana— siente que tener un bebé es demasiado (demasiado como cuando mueren tus padres y sientes que no puedes con la vida) y decide abortar por cualquier razón que le resulte así de aterrorizante, yo aceptaría su decisión. Lo que es más, incluso si no compartiera su decisión, no la enviaría a la cárcel. Mucho menos considerando que en la gran mayoría de casos el bajo nivel de educación de las personas encarceladas por abortar demuestra que no tuvieron acceso a una educación sexual adecuada. De 72 mujeres procesadas entre 2000 y 2011 en El Salvador (cuyas datos de educación conocemos), sólo 21 habían concluido la secundaria y apenas cuatro tenían título universitario.

¿Qué sí producen las penas de cárcel por aborto? Que no existan procedimientos médicos apropiados al alcance de estas mujeres. Las mujeres que no pueden abortar, pero lo intentan, usualmente desarrollan infecciones intrauterinas que pueden terminar en sepsis. La atención médica disminuye ese riesgo enormemente, y en caso de infección el tratamiento oportuno previene la muerte. Si las mujeres tienen temor de acercarse al médico por miedo a ir a la cárcel, en muchos casos mueren.

Está claro que no todos los casos de aborto caben dentro del perfil que he descrito, pero las leyes de un país deben, por principio, proteger a sus poblaciones más vulnerables. Sé que esto está muy lejos de cerrar el debate sobre el aborto, y tampoco creo en posiciones absolutas, pero si todos los esfuerzos y campañas dedicadas a promover el encarcelamiento de mujeres que decidieron terminar su embarazo, se dedicaran a la erradicación de la pobreza y a la mejoría de educación sexual y reproductiva y fácil acceso de métodos anticonceptivos, se evitarían muchos más embarazos no deseados y, consecuentemente, abortos sin castigar principalmente a mujeres de poca educación y bajos recursos, sin la cosificación del embrión humano y la deshumanización de la mujer. Creo que es una opción en donde todos podemos ganar.

Raíces

A este octubre le queda una semana de vida. Con ese entierro, estoy a sólo seis meses de volver a casa. No quiero contener la sonrisa que eso me produce. Estar en Vancouver, no les voy a mentir, a veces se siente como una condena.

Mi primer año estuvo lleno de expectativas. “Grad School is awesome”, me dijo un amigo y le creí. Lo que no me contó es el shock cultural que el cambio me iba a causar. ¿Y él cómo iba a saber? Si es canadiense. Si fue también a una escuela internacional, como la mayoría de mis compañeros. Daniel seguramente abandonó la casa de sus padres a los dieciocho para ser independiente.Pensaba en ello el miércoles pasado cuando me encontraba leyendo sus rostros mientras estábamos todos sentados en la sala común que rodea a la chimenea. Amanda, Rachelle, Morgan, Caitlin… Todos ellos tienen una cronología similar. Para ellos es una separación planificada, no un arrebato de la vida. Cuando las economías avanzan, la gente se prepara para competir por las mejores posiciones. Las comunidades se fragmentan, los individuos se hacen móviles. Están dispuestos a ir a cualquier ciudad. Hay que enfocarse no en lo que estuvo antes sino en lo que viene después. Son como semillas. Yo, en cambio, ya tengo raíces.

Tal vez la explicación sea otra y no sea cuestión de maceta sino de edad. A mis diecinueve yo también proclamaba independencia. Pensaba que no necesitaba de mis padres. Los problemas del mundo no me habían tocado. En ese entonces vestía con ropa ligera y tenía un mantra distinto antes de salir de casa. “Llaves, billetera, libro”, el que sea. La cartera marca Totto tendría no más de un dólar con setenta y cinco centavos. Eso era suficiente movilidad, siete buses para ser exacto. Nunca estaba a más de dos de casa y casi siempre me bastaba el transalfa de la católica o el monjas en la casa de la cultura. En esa edad la lectura era más fácil, la ingenuidad le permite a la ficción no mostrarse como tal. Ahora rara vez me puedo dar ese lujo. Lean con más frecuencia mientras los problemas del mundo no los hayan tocado.

La realidad usurpa un lugar especial en esa parte del cerebro donde uno concibe cómo son las cosas y de a poco va borrando la zono de cómo deben ser. Estaba pues, al calor de la chimenea cuando pensaba como la gente del primer mundo y yo tenemos una geografía muy distinta en esa última zona. Es algo que me ha venido haciendo eco desde hace un tiempo y que me tiene al borde de una crisis que ellos afrontan a diario como si fuera normal. Yo no, me enfermé. Y si no estaba enfermo mi cerebro hizo lo que pudo para convencerse de lo contrario. Tenía una ansiedad que me hacía comer rápido y tragar más aire, esos gases me estiraban la tripa y se acumulaban en mi hipocondrio izquierdo. Una hace lo que sea para transformar en realidad las metáforas de vida: “me duele el corazón”.

Cuerpo en pena, me movía torpemente en una ciudad que apenas deja ver el sol en el otoño. Lloraba a diario, pero de manera episódica. Como las ramas que se parten al calor del fuego. Sí, me rompía y dejaba escapar a un niño desesperado por volver al hogar. Un día lo dejé caminar por mi cuarto y sin saber qué hacer le di un esfero para que raye en mi cuaderno. Ese niño le escribió una carta a Dios:

Tú sabes que lo nuestro terminó pero en lo profundo de mi corazón siempre te seguiré queriendo. La forma en la que te preocupabas de mí todo el tiempo, los mensajes ocultos en los pequeños detalles de la vida, leer en el tintineo de las estrellas como un abrazo a mi espíritu. La sonrisa que me provocaste por hacerme sentir dentro de un propósito mayor. Lo extraño todo. Te extraño mucho. Me haces falta.

A veces nuestras raíces van más profundo de lo que uno espera.

 

 

Qué no dice la Cancillería sobre quitarle internet a Assange – Ecuador no pudo censurar a Wikileaks

El pasado 17 de octubre, Wikileaks señaló que un país había desconectado a Julian Assange, horas más tarde dijo que fue Ecuador y al rato la Cancillería lo confirmó en un escueto comunicado. Lo primero que hace el comunicado es aclarar que existen dos cosas. Julian Assange, el perseguido político y Wikileaks, la organización periodística. Hasta entonces todo estaba bien. Luego afirmó que:

  1. Las publicaciones de WIKILEAKS —no Assange— tenían impacto sobre las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
  2. Ecuador respeta el principio de no intervención en las elecciones de otros países; por tanto
  3. Suspendió temporalmente el acceso a internet de JULIAN ASSANGE; y
  4. No hay censura porque WIKILEAKS puede seguir operando.

La pregunta obvia es:

¿Qué esperaba Ecuador que suceda cuando interrumpió la conexión a Internet de Julian Assange? Si seguimos la lógica de sus antecedentes y justificaciones, esperaban afirmar el principio de no intervención. Si uno vuelve al punto uno de este texto, se entiende que eso implicaba interrumpir las publicaciones de Wikileaks. Y la razón no sería otra que, obviamente, presión por parte de Estados Unidos. Es poco creíble que Ecuador haya tomado consciencia política sobre el impacto de las publicaciones de Wikileaks sólo en este momento cuando desde sus inicios la organización ha afirmado que parte de su poder está precisamente en cambiar resultados electorales.

Hay dos posibilidades, Ecuador pensaba que podía detener las publicaciones o, a sabiendas de que no, debía demostrar que, al menos, trató. Pensaría que, dada la naturaleza del comunicado, creían que se trataba de la primera opción. La segunda me parece menos probable por ser la menos beneficiosa para Estados Unidos que, al evidenciar censura al fundador de Wikileaks, lo único que ha obtenido es darle mayor atención a sus últimas publicaciones.

Nos queda por saber:

  • ¿Qué presiones está recibiendo el gobierno ecuatoriano para haber hecho tremendo papelón?
  • ¿Volverá a pasar?
  • ¿Cómo cambia esto la situación del asilado Julian Assange?

fullsizerender

ACTUALIZACIÓN (23/10/2016): Acá hay un muy buen reportaje de 4Pelagatos explicando el contexto de la desconexión. No me equivoqué.

 

No puedo cambiar el mundo, tú tampoco

Crecer en América Latina te marca. Sea porque, de pequeños, todos vamos a misa —o por estar rodeados de figuras políticas fuertes como protagonistas de la historia—, uno madura creyendo que ser héroe puede ser hasta profesión. Somos esas historias que nos cuentan de pequeños. A eso le restas las epifanías (trágicas o gloriosas) de la vida y tienes al adulto promedio. De ahí deriva que la mayoría de ecuatorianos creemos que hace falta la persona correcta en la presidencia. O que en la vida baste seguir el corazón sin importar dónde nos lleve. Nuestra mitología moderna, sea que decidas creer en el poder de la política, la tecnología, la ciencia o la oración, es que pequeñas acciones personales pueden cambiar el mundo.

Y no es una cuestión de nuestra región únicamente. El programa en el que estudio tiene de eslogan “become a global change maker”, cambia al mundo. Una de mis compañeras me contaba una infidencia. El profesor estaba revisando las aplicaciones de los nuevos postulantes, muchos de ellos coqueteaban con esa idea. Él se burlaba. “¿Creen que porque eso está en la página web de verdad van a cambiar algo?”. “No sea así”, le respondió. “¿Ah sí, Zameena? ¿Cómo va el problema de la cafetera?” Pues nada, en el edificio donde estudiamos hay una cafetera aniñada y no quieren que la usemos. Porque el aseo, porque los implementos, porque no aportamos lo suficiente. La verdad es que compramos mucho café pero nos olvidamos de firmar, y la señora que se queja lo ha hecho desde el día uno.

En mi primera semana en el programa, dije que yo vine por esa visión que compartió John Robinson en su charla TED. “Que las universidades, por ser un sólo cuerpo, pueden tomar acciones y…” Fui interrumpido. Toda la primera fila —directivos y docentes— se reía. Menos mal me dieron una explicación: es imposible ponerse de acuerdo para gobernar la universidad. Al poco tiempo renunció el presidente de UBC y pasaron meses antes de que uno nuevo se instalara.

Yo mismo venía huyendo de Ecuador tras la fea experiencia de sentirme acosado por “radicalizarme”. No se asusten, es sólo una palabra extrema. Lo que en realidad había hecho era divulgar información sobre vigilancia que era de dominio público. Tal vez tratando de aplicar en la vida real el concepto de mi cuento sobre el bullying (a la clase política) como un camino al desarrollo. Hubo gente que vio que estaba asustado y me ofreció ayuda pero la gran mayoría ¿y por qué sería diferente? no se enteró o tuvo un miedo tan paralizante como el mío. Y mientras más tiempo ha pasado (y menos calientes andan las pasiones y resentimientos) veo algo de forma más clara. “Cambiar el mundo” es el resultado de una tormenta perfecta. Sea que se refieran a hacerle frente al calentamiento global, al crimen privado, corporativo o estatal, a defender los derechos de la naturaleza; hay muchas cosas que deben suceder.

Cuando alguien quiere cambiar el mundo, al punto de pensar en volverse mártir (aunque sea de forma simbólica), usualmente piensa que existe una solución directa y evidente. “La gente tiene que dejar de usar petróleo”, “no tienen que explotar el Yasuní”, “hay que quitarles las armas a todos”. Que en la mayoría de casos, es culpa de un grupo de poder interesado y de la ignorancia popular. No piensan que la gente es bruta, nada más entienden que no saben lo suficiente. Pero incluso en este escenario, las cosas son mucho más complicadas.

Si la gente no sabe ¿se le puede enseñar?
Se se le enseña ¿le importará?
Si le importa ¿hará algo al respecto?
Si hace algo ¿tendrá un efecto en el grupo que ostenta el poder?
Si el grupo de poder es afectado ¿realmente son ellos quienes toman la decisión final? ¿existe una alternativa viable?
Si existe una alternativa viable ¿es el momento adecuado?

Y con esto último me refiero a que los políticos también tienen su propia trama. Ellos también tienen que conseguir recursos y hacer lobby con gente más poderosa que ellos. Un sistema democrático legítimo puede poner en riesgo los puestos de la clase política pero jamás podrá superar las ofertas millonarias de un grupo de poder que no es elegido de forma popular. Uno puede reunir gente y hacer bulla pero es mucho más difícil reunir plata y comprar consciencias (en el buen sentido de la palabra, si es que eso es posible).

Ante esto hacen falta acciones concertadas:

Si la gente no sabe: educar siempre
Para que le importe: escuchar la voz de todos
Para que actúe: empoderar a las acciones ciudadanas
Para que el poder reaccione: que haya una justicia independiente
Para que sean los elegidos quienes respondan: que haya transparencia
Para que las alternativas funcionen: que haya investigación continua
Para que sea el momento adecuado: estar listo siempre, toda la vida

Sin embargo, ese no es el fin del problema, sino todo lo contrario. Cuando la cúpula de Alianza País —el partido de gobierno en mi Ecuador— se reúne, sabe que están quitando a unos y dando a otros. Muchos están convencidos de estar cambiando el país, de estar haciendo justicia, de que son mejor a cualquier alternativa. No estarán de acuerdo en todo pero habrá tres cosas que les convenza de que están haciendo “algo” bien, y eso les basta. Saben que no pueden tener todo. Las utopías no siempre convergen, y si todo el mundo sigue su corazón, y lucha, tendremos exactamente el mismo embrollo.

Con mucho trabajo, sin héroes, sin soluciones simples, sin garantías. Con diálogo entre sueños opuestos, con concesiones. Negociando lo que dice el corazón.No es algo que se pueda hacer sólo y, si pudieras, ¿lo harías? Quisiera decirles que yo sí, pero mentiría. Me gustaría participar ocasionalmente para que podamos tener algo parecido a eso, pero no toda una vida. Aunque sea tarde, me doy cuenta que me inclino más por poner mi granito de arena en esa suma que nos hace humanos. En las narrativas colectivas que compartimos y en las epifanías que nos agregan o restan valor.

No quiero cambiar el mundo primordialmente porque ya no lo siento mío. Es de quien cuente la mejor historia sobre el significado de la existencia. En un espacio donde todos aprendemos una diferente, donde cada persona evoluciona en forma distinta y, aún más importante, no tiene otra salida. En ese mundo, hay dos cosas importantes: contar esas historias y escucharlas.