Ta-Nehisi Coates

Nació en Baltimore, donde dos de cada tres personas comparten su color de piel. Uno no empieza hablando de la etnia de la gente, pero si algo es recurrente en la obra de Coates es ser negro. Su padre, de nombre William, era un capitán de los Black Panther. Durante 16 años, este partido promovió una agenda política similar al actual movimiento de Black Lives Matter. Sus manifiestos buscaban libertad, empleo, el fin del robo capitalista, el cese inmediato de la brutalidad policial y los asesinatos a la gente negra, ser juzgados por sus semejantes… Su “Queremos tierra, pan, vivienda, educación, ropa, justicia y paz”.  Tenían fama de violentos porque andaban cargando rifles y los ostentaban frente a la policía, la vigilaban.

”Me atraían sus armas porque las armas parecían honestas. Las armas parecían hablarle a este país en su lenguaje primario. la violencia”.

El padre de Coates era también era bibliotecario, gracias a eso Ta-Nehisi pudo estudiar en la Universidad de Howard, una universidad históricamente negra. Él la describe como “una máquina diseñada para capturar y concentrar la energía oscura de todas las personas africanas e inyectarla directamente en el cuerpo estudiantil” La Universidad contiene uno de los más grandes colecciones de Africana del mundo, y su padre era el custodio. Su interés por la escritura, sin embargo, empezó mucho antes. Cheryl Waters, su madre, castigaba su mal comportamiento obligándolo a redactar ensayos y esa sería la causa de su “fracaso”. Tras cinco años en la universidad, decidió dejarla para perseguir su carrera como “escritor free-lance”.

En Junio de 2014 publica The Case For Reparations en la revista The Atlantic, un ensayo de 16,000 palabras que se sumerge en “doscientos cincuenta años de esclavitud. Noventa años de Jim Crow. Sesenta años de separados pero iguales [y] treinta y cinco años de una política de vivienda racista”.

“Los esclavos eran, por mucho, el mayor activo financiero de la propiedad en toda la economía estadounidense […] Se sacaron préstamos para su compra, a ser pagados con intereses. Se elaboraron pólizas de seguro contra la muerte prematura de un esclavo y la pérdida de beneficios potenciales. Las ventas de esclavos fueron gravadas y notarizadas. La venta del cuerpo negro y la separación de la familia negra se convirtió en una economía sobre ellos, que se estima trajo decenas de millones de dólares a Estados Unidos antes de la guerra. En 1860 había más millonarios per cápita en el valle del Mississippi que en cualquier otro lugar del país”.

Tras hacer un recuento y no corto del abuso histórico de la población negra, Coates describe con exactitud case científica las consecuencias de las leyes y prácticas financieras en los barrios negros. Existían préstamos con bajos intereses para vivienda pero ser negro, para los bancos, era un factor de riesgo. Estas personas fueron obligadas a pactar con chulqueros para pagar cinco o seis veces el valor de una casa, la mayoría de ellos fue desalojada tras dejar décadas de su trabajo en manos abusivas. Alejados de los sistemas formales no tenían contratos para defenderse ni justicia a la que acudir.

En 1930, sólo el 30% de los estadounidenses poseían hogares propios; En 1960, más del 60% eran propietarios de viviendas. La propiedad del hogar se convirtió en un emblema de la ciudadanía estadounidense […] Ese emblema no iba a ser otorgado a los negros. La industria inmobiliaria americana creía que la segregación era un principio moral. Ya en 1950, el código de ética de la Asociación Nacional de Bienes Raíces advirtió que “un Agente de Bienes Raíces nunca debe ser instrumental para introducir en un vecindario cualquier raza o nacionalidad, o cualquier persona, cuya presencia será claramente perjudicial para los valores de la propiedad”. En un folleto de 1943 se especificaba que tales indeseables podían incluir a prostitutas, contrabandistas, gángsters y “un hombre de color con medios suficientes para dar a sus hijos una educación universitaria y que por eso piensa que tiene derecho a vivir entre blancos”.

Adelanta el reloj sesenta y cinco años y te topas con la burbuja inmobiliaria. Baltimore, reducto de pseudo-libertad de la población negra ha perdido millones. La mitad de las personas que recibieron un préstamo a manos de Wells Fargo fueron hechadas de su casa, 71% de las casas vacías estaban en barrios predominantemente negros.

The Case For Reparations lanza a Ta-Nehisi Coates a la fama. Se vuelve un regular en The Atlantic y empieza a contribuir a muchos otros medios. Es entonces, y no antes, que Coates es finalmente libre de escribir como quiere. Cada buena práctica del periodismo, los números, los hechos, la evidencia, eran parte de su narrativa y eso…

Eso me frustraba (…) había un efecto distanciante creado por hablar de la gente como números, ya sabes creado por hablar de la gente a través de la historia. Lo que yo quería era darle al lector algún sentido de lo que significa vivir como individuo bajo un sistema de saqueo, expresarlo, extraerlo del reino de los números y llevarlo al nivel personal.

En julio de 2015 publica “Entre el mundo y yo”. Un libro que alterna entre sonrisas y lágrimas, una carta a su hijo, un retrato del rostro negro al ser golpeado por una mano bastante blanca. Ese rostro que no se mueve y devuelve la mirada, no atemorizado pero tampoco desafiante. Una mirada que tiene que medir el mundo antes de reaccionar.

Todas nuestras frases académicas —las relaciones raciales, el abismo racial, la justicia racial, el perfil racial, el privilegio blanco, incluso la supremacía blanca— sirven para ocultar que el racismo es una experiencia visceral, que desprende cerebros, bloquea las vías respiratorias, desgarra el músculo, extrae órganos, agrietas huesos, rompe los dientes. Nunca debes apartar la mirada de esto. Tienes que hacer las paces con el caos, pero no puedes mentir. No puedes olvidar lo mucho que nos quitaron y cómo transfiguraron nuestros mismos cuerpos en azúcar, tabaco, algodón y oro.

Coates habla luego de una entrevista donde él quiere explicar esto y a cambio la conductora le muestra la foto de un niño negro de once años abrazando a un policía blanco. Le pregunta por “esperanza”. El escritor se puso triste pero no podía entender del todo su tristeza. Fracasó pero sabía que iba a fracasar.

Cuando la periodista me preguntó sobre mi cuerpo, fue como si me pidiera que la despertara del más hermoso sueño. Yo había visto ese sueño durante toda mi vida. Casas perfectas con bonitos patios. El día de conmemoración de la guerra, picnics, asociaciones de barrio y las salidas en auto. El Sueño son casas en el árbol y boy scouts. El sueño huele como hierbabuena pero sabe como tarta de frutilla. Y por tanto tiempo quise escapar hacia ese sueño, cubrirme la cabeza con mi país, como con una cobija. Pero esa nunca había sido una opción porque el sueño se apoya en nuestras espaldas, las sábanas y cubrecamas hechas con nuestros cuerpos. Y sabiendo esto, sabiendo que el sueño persiste  mediante la guerra con el mundo conocido, me sentí triste por la conductora, me sentí triste por todas esas familias, me sentí triste por mi país, pero sobre todo, en ese momento, me sentí triste por ti.

Esa semana te habías enterado que los asesinos de Michael Brown serían liberados. Los hombres que habían dejado su cuerpo en la calle como una especie de declaración asombrosa de su poder inviolable nunca serían castigados. No esperaba que nunca nadie sea castigado. Pero tú eras joven y aún lo creías. Te quedaste despierto hasta las 11 P. M. esa noche, esperando el anuncio de una condena, y cuando en cambio se anunció que no habría ninguna dijiste “me tengo que ir”, y fuiste a tu habitación, y te escuché llorar. Fui después de cinco minutos, y no te abracé, no te reconforté porque sabía que estaría mal reconfortarte. No te dije que todo estaría bien porque nunca he creído que todo estaría bien. Lo que te dije es lo que tus abuelos trataron de decirme: que este es tu país, que este es tu mundo, que este es tu cuerpo, y que debes encontrar alguna manera de vivir con todo eso. Te digo ahora que la pregunta de cómo una debe vivir dentro de un cuerpo negro, dentro de un país perdido en un Sueño, es la pregunta de mi vida, y que la búsqueda de esa pregunta, creo yo, se responde a sí misma en última instancia.

La más grande recompensa de esta interrogación constante, la confrontación con la brutalidad de mi país, es que me ha liberado del fantasma y me ha ceñido contra el terror absoluto de la incorporeidad.

La mayoría de hombres no entendemos esto, quizá algunas mujeres sí. La sensación de no ser dueño y señor del propio cuerpo, de saberse amenazado en cada momento porque el cuerpo de uno vale menos que el capricho de otro. Es entrar en un callejón oscuro y verse rodeado de gente amenazante y con malas intenciones esperando sólo salir de ahí con lo suficiente de dignidad. Ese callejón es la vida de la gente negra. Ahí se casan, ahí conciben y crían a sus hijos. Ese terror de hacer lo que te dicen, de ser convertido en oro y algodón, esa es la incorporeidad de la que Coates le habla a su hijo.

Te he criado para respetar a cada ser humano como único, y debes extender ese mismo respeto al pasado. La esclavitud no es una masa indefinible de carne. Es una mujer esclavizada específica, única , cuya mente es activa como la tuya, cuyo rango de sentimientos es tan vasto como el tuyo; que prefiere la forma en que la luz cae sobre un punto específico en la madera, que disfruta pescar donde el agua se arremolina en un arroyo cercano, que ama a su madre en su propia manera complicada, piensa que su hermana habla muy alto, tiene un primo favorito, una estación favorita, que sobresale haciendo vestidos y sabe, dentro de sí, que es tan inteligente y capaz como cualquiera. “Esclavitud” es esa misma mujer nacida en un mundo que proclama en voz alta su amor por la libertad e inscribe ese amor en textos esenciales, un mundo en que estos mismos profesores mantienen a esta mujer como esclava, a su mamá como esclava, a su padre como esclavo, su hija como esclava, y cuando esta mujer vuelva la mirada generaciones atrás lo único que ve es a los esclavizados. Puede esperar algo más. Puede imaginar un futuro para sus nietos. Pero cuando ella muere, el mundo —que es realmente el único mundo que ella puede conocer— termina. Para esta mujer, la esclavitud no es una parábola. Es una condenación. Es la noche que nunca termina.

Cada asalto al cuerpo, dice Coates, es también un asalto a la mente, y no haya manera de escapar de eso.

La Asamblea Nacional mató el derecho a la parodia

Estimado lector,

Esta entrada ya no es válida porque es una mentira. Resulta que han cambiado la ley. Aquí explico un poco el proceso:

La nueva ley de propiedad intelectual (Código Ingenios), contraria a su texto inicial, ha limitado el derecho a la sátira y una vez más ha impuesto dos condiciones. Una, asegurar que la obra no se use para fines de explotación y dos, que no se atente contra la honra del autor. Es decir que uno no puede apelar a un uso justo. 

Esta modificación aparentemente se realizó entre el primer y segundo debate en la Asamblea Nacional y representa un retroceso respecto a la ley anterior, la cual no especificaba que la obra no podía constituir en ningún caso una forma de explotación.

Ley 1998

Art. 83. Siempre que respeten los usos honrados y no atenten a la normal explotación de la obra, ni causen perjuicios al titular de los derechos, son lícitos, exclusivamente, los siguientes actos, los cuales no requieren la autorización del titular de los derechos ni están sujetos a remuneración alguna:

La parodia de una obra divulgada, mientras no implique el riesgo de confusión con ésta, ni ocasione daño a la obra o a la reputación del autor, o del artista intérprete o ejecutante, según el caso; y,

Propuesta original código ingenios

Artículo 197.- Actos que no requieren autorización para su uso.- Sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo anterior, y de conformidad con los principios de este Código, los siguientes actos no requieren la autorización del titular de los derechos ni están sujetos a remuneración alguna:

13. La sátira, pastiche o parodia de una obra divulgada, siempre que se ajuste a las reglas de estos géneros;

Motivo:

El problema con esta redacción es que la sátira y la parodia frecuentemente se utilizan para criticar a una obra o a un autor, como parte del ejercicio de la libertad de expresión. Con la redacción actual, la crítica o la ironía podrían ser entendidas como un daño a la obra o al autor, impidiendo en los hechos la mayoría de las parodias y sátiras.

Esta aportación que yo cito textualmente fue realizada por el usuario JorgeMet en la wiki del Código Ingenios, y el cambio fue aprobado inicialmente por la SENESCYT. La Asamblea Nacional decidió modificar este texto.

Texto final aprobado en Código Ingenios

Como se puede ver, respecto a la ley de propiedad intelectual de 1998 no sólo que no hay avance sino que hay un retroceso, ya que no se permite la explotación de la obra.¿Por qué esto es un problema? Imaginen a John Oliver pidiendo permiso para usar la información de cada persona de la que se burla. En el siguiente clip de tres minutos, el comediante necesitaría contar con al menos cuatro autorizaciones. Primero, necesitaría contar con la autorización de la CIA porque uno puede argumentar que el video va en contra de su reputación. Luego, necesitaría autorización de las tres agencias noticiosas que han cubierto diferentes eventos y en ningún caso, podría esto salir al aire ya que John Oliver usa su programa para ganar dinero y eso constituiría una “explotación encubierta de la obra”. O sea, está haciendo dinero.

El texto original de mi artículo (abajo), queda para el archivo.


Después de los resultados electorales de Colombia Brexit, la elección de Trump y tras la muerte de Gonzalo Vega, David Bowie, Juan Gabriel y Mohammed Alí; quizá la única buena noticia de 2016 era que Crudo Ecuador empezó a publicar nuevamente en sus páginas de Facebook y Twitter.

Pero no pasó ni una semana y El Telégrafo, cuyo editor en jefe protagoniza un escándalo público que no discutiré por ahora, ya publicó un artículo tratando de usar el derecho de autor como pretexto para censurar contenidos.

El portal opositor Crudo Ecuador ha publicado un video en el que, sin permiso alguno y violentando los derechos de autor, usa el logotipo oficial de EL TELÉGRAFO. En la pieza audiovisual, además, se colocan insultos como si fueran titulares del diario público.

Y claro, lo hace siguiendo esa noble tradición de censura en Internet que ha caracterizado a este régimen y que es, en parte, Ecuador haya caído 4 puntos en el reporte sobre libertad de la red en este último año.

Pero sucede que, oh sorpresa, Ecuador tiene una nueva ley de propiedad intelectual. El Código Ingenios, aprobada en octubre de este año, tiene muchas más flexibilidades que su versión anterior y estipula en su artículo 197 (numeral 13) que “La sátira, pastiche o parodia de una obra divulgada, siempre que se ajuste a las reglas de estos géneros (…) no requiere la autorización del titular de los derechos ni están sujetos a remuneración alguna.”

Antes la ley permitía la parodia “mientras no (…) ocasione daño a la obra o a la reputación del autor, o del artista intérprete o ejecutante, según el caso” , pero eso ya no aparece en la nueva ley (se eliminó deliberadamente tras las aportaciones del público en el proceso de wikilegislación que implementó la SENESCYT), así que queda por ver qué pirueta legal se inventa el diario público para seguir amenazando a Crudo Ecuador.

Soledad crónica

Hermeneútica: El arte de analizar un discurso y obtener un significado diferente al que intentaba transmitirse originalmente.

Libre mercado: Sistema de intercambio voluntario donde los recursos maximizan su productividad.
Libre mercado: Ubicar a los empleados más eficientes en las empresas donde producen más
Libre mercado: Despojar a los ciudadanos de primera clase de raíces para que puedan mudarse de ciudad en cuanto se requiera.
Libre mercado: Soledad.

En 2010, fui estudiante de intercambio. La UTE me envió durante dos meses a Albuquerque para que practique en el área de emergencias del Hospital de Nuevo México y asista a unos cuantos seminarios. El piso tenía dos médicos residentes nuevos. Los habían seleccionado de entre cuatrocientos candidatos. Al finalizar uno de mis turnos nocturnos, fui a cambiarme la ropa y encontré a uno de ellos observando una foto en la contratapa del casillero. Su mujer y su hijo. El bebé era muy pequeño aún (tenía menos de dos años) y con ella hablaba una vez al día. Recuerdo haber pensado “que miserable debe ser una vida así”. Al regresar a Quito, llevé esa lección como recuerdo para mi familia. Todos compartieron mi compasión. No vale la pena separarse de los seres queridos y respirar nostalgia cada día.

En junio de este año, mi familia me despidió en el Aeropuerto Internacional Sucre. Se habían acabado mis vacaciones de verano. A mis espaldas: “Esta vez [irse] se le hizo más duro”. “Sí me di cuenta”. Creo que no me importó derramar lágrimas en el despegue. En el avión, todo el mundo está en su propio rollo y si bien pueden sentir compasión por ti, es un sentimiento pasajero en el que no vale la pena invertir mucho porque, después de todo, cada uno tiene un destino distinto. Las universidades internacionales se parecen bastante a los vuelos de avión. La gran mayoría viene de diferentes países y pocos saben dónde quieren establecerse después de la graduación. La amabilidad es necesaria pero desechable.

¿Qué expectativas tenías antes de venir a Green College? Le pregunté hoy a una amiga. Le preocupaba no encajar.  ¿Yo? “Nunca me imaginé que la gente iba a estar ocupada”, le dije. Miro al vacío. Pensé que los canadienses me iban a encontrar interesante. En otras palabras, pensé que me iban a querer. Le digo que me tengo que ir. Mi compañero de piso no está y lo que menos tengo es ganas de estar sólo en mi cuarto. Cuando se nos da a escoger entre el dolor físico o el aislamiento, los mamíferos sociales elegimos lo primero. Por eso los desvelos en malas posiciones haciendo swap, scroll y clic. Por eso el tabaco, el alcohol y la amplia gama de psicotrópicos. Por eso las compras compulsivas. Por eso escribir a altas horas de la noche.

El mes pasado tuve una fuerte infección. Luego no pude contener el dolor de espalda, forcé mis músculos y casi me rompo el cuello. De repente, un dolor en la canilla me sugiere una enfermedad crónica. Cualquier pretexto es bueno para sentirse miserable. Como es costumbre, tomo un bus de primer mundo y pago con mi tarjeta subsidiada que me da viajes ilimitados. Me bajo en una de las paradas y camino en calles impecables. Entro a una pizzería que cumple todas las regulaciones. Me dan un excelente servicio y me pido dos rebanadas. Saco el celular y le escribo a mi familia en whatsapp (el último mensaje es de hace dos días), “¿Qué hacen?” Esto, lo uno, lo otro. No sé para qué les pregunté. No quiero sus respuestas, más bien me hace faltan sus abrazos. El teléfono sigue zumbando. Abro Safari y escribo lo que realmente está causando todos mis males: “CHRONIC LONELINESS”. Clic.

El segundo resultado es un artículo de Fortune: “La soledad crónica es una epidemia moderna”.

Los seres humanos no fueron diseñados para ser criaturas solitarias. Evolucionamos para sobrevivir en tribus; La necesidad de interactuar está profundamente arraigada en nuestro código genético. Tanto es así, dice John Cacioppo, que la ausencia de conexión social desencadena las mismas alarmas primitivas como el hambre, la sed y el dolor físico.

Soledad —dice el científico citado— es cuando lo que esperas de tus relaciones con la gente no es lo que te llega. En dosis cortas está bien, es como el dolor. Una señal para saber qué algo debe hacerse. La cronicidad de estar aislado es distinto. “Si querían aislarte de un grupo, lo más seguro es que lo hicieran hiriéndote o matándote, entonces el cerebro entra en estado de autopreservación”. La corteza visual se vuelve más activa y el área responsable de la empatía se inhibe. “Es mejor no hacer amigos y sobrevivir por ahora. Si alguien trata de ser tu amigo, puede que se trate de un traidor”.  Como pueden deducir, la soledad no está diseñada para ser crónica. Es una señal de alerta para que otros acudan en tu socorro. Pero en un avión a nadie le importa que te sientas sólo, sin importar qué tan largo sea el vuelo.

La soledad te hace sentir terrible. Es malo para la salud mental: el bienestar disminuye, los síntomas depresivos aumentan, aumenta la probabilidad de desarrollar trastornos mentales y afectivos. También es malo para la salud física. En un meta-análisis de 3 millones de personas (…) la soledad aumentó las probabilidades de muerte temprana en un 26%.

No estoy enfermo, me siento sólo. Me he sentido sólo por mucho tiempo. Mi cuerpo reacciona como si algo me quisiera matar. Si no está allá afuera (vivo en uno de los países más seguros del mundo), debe venir de adentro. Cualquier dolor es un mal signo, cualquier cansancio es falta de respiración. Las pocas amistades que tengo no pueden ser confiables. Hay un límite que no pueden rebasar. Tengo una pelea rutinaria cada noche para cansarme lo suficiente y poder dormir en relativa paz.

Sé que no soy el único. Cuando tuve ansiedad le pregunté a todo el mundo. Hay ciertas cosas que no merecen reservarse. La mayoría de estudiantes pasa por cosas similares y lo han normalizado. Ellos tienen un objetivo más grande que es construir una carrera pero “cuando tú estás de ida yo ya estoy de regreso”. La soledad es necia, dice John Cacioppo, pero de alguna manera hay que salir del hueco.  El truco, dice el experto, es “entender lo que la soledad está haciendo —escribir esto es ese primer paso— y tratar de corregir el comportamiento que fomenta.”

“Trate de ser más agradecido, más positivo, más perspicaz”.  Voy al espejo y le sonrío. “El que te mata soy yo”.

Panamá: Su cuerpo, su gente y Taboga

¿Por qué fui a Panamá? Porque cuando uno comparaba los precios de los pasajes de avión, era el lugar más barato a donde se puede ir desde Quito y Vancouver, $308 y $380 respectivamente. Panamá no era mi destino, sino uno compartido con mi novia. Nuestra segunda opción era Costa Rica pero a los ecuatorianos los ticos nos piden visa.

Fui con un poco de prejuicios. La ciudada la había visto desde el avión algunas veces y emanaba un aire similar al de Guayaquil. Ya saben, donde el mar no es playa sino una calle para barcos. El contraste al llegar es evidente. Uno mira los lujosos rascacielos al aterrizar pero apenas sale del avión se da cuenta de los problemas que existen en el propio aeropuerto. Las pantallas con los estados de vuelo no son digitales sino que transmiten video con información desactualizada. Los enchufes no sirven. No hay información clara y hace un calor…

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El camino al hotel (que fue uno de los más baratos que encontré) mostraba una ciudad poco amigable. No había gente en las calles porque no hay uso mixto de suelo, y a veces porque ni siquiera hay veredas. Hay grandes porciones de tierra abandonadas y se percibe claramente la diferencia entre barrios ricos y pobres. El casco viejo está rodeado por invasiones por las que tuvimos que pasar y la gente no vive en la mejor de las condiciones. Uno de cada cuatro panameños es pobre, no tiene servicios sanitarios y el 11% de la población sufre de desnutrición.

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Fuera de eso, se sintió tan bien estar de nuevo en América Latina. Tener a nuestros referentes culturales adornando las paredes y estanterías. En el primer día nos escapamos a dar una vuelta por los alrededores del Hotel Casa Panamá (un edificio antiguo restaurado que estaba con 60% de descuento) y terminamos en “Picasso”, un bar restaurante donde nos sirvieron una mezcla de mariscos, ceviche y asado. La comida en Panamá es buena —cualquier cosa es mejor que la comida desabrida de Vancouver— pero los precios no son nada relajados. Un plato costó, en promedio, trece dólares. Obviamente la gente sabía que éramos turistas así que estoy seguro de que se puede conseguir algo más barato pero es un lujo que no nos pudimos dar.

Donde sí ahorramos fue en el transporte. Inicialmente solicitábamos al hotel que nos lleve a cualquier parte pero un día los choferes estaban ocupados y decidimos tomar nuestro propio taxi. Oh sorpresa, la diferencia entre el taxi del hotel y el que uno toma en la calle era abismal. Al menos tres veces más barato. Esto lo descubrimos yendo al centro comercial y no fue sino hasta el regreso que entendimos la razón. Después de que la mera existencia del mall me haga sentir mal, quisimos regresar antes de lo planificado. En la salida, como sucede en todas partes, nos preguntaron que a dónde vamos pero después de darles la dirección, nos hicieron esa segunda interrogante que nunca había escuchado antes “¿y cuántos son?” “Somos dos”, “son diez dólares”, “no gracias” (y es que venir me había costado tres dólares). Luego saltó el segundo a bordo. “Yo les cobre siete —y aquí viene la explicación del sobreprecio—, no le puedo cobrar menos. El taxi amarrillo que usted para en la calle le cobra eso porque son taxis comunitarios. Si el taxista ve a otra persona que se quiere subir le va a decir ‘muévase para la izquierda’ y hace carrera para los dos”.

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Los taxis en Panamá funcionan como el bus en Ecuador. Se sube el que pueda. No hay rutas preestablecidas pero nada le obliga al taxista a no parar y preguntar al que le hace señas que a dónde va. “Yo estoy afiliado al centro comercial” (tenían uniforme) “y si a ustedes les pasa algo el centro comercial tiene que responder”. Entonces nuestro chofer nos dio una explicación de que los últimos tres meses del mes también trabajan los amigos de lo ajeno y que es mejor tener alguien de confianza. Después nos contó del turista ecuatoriano al que llevó a la playa. Nos dijo cuánto costaba y comparó sus precios con los de las agencias turísticas y nos dejó su tarjeta para que le podamos llamar. Esa, pienso yo, es una buena representación del panameño que encontramos los turistas. Ellos dependen mucho de la divisa extranjera e improvisarán de lo que sea necesario para ganarse el sustento. Además es gente alegre y conversona.

Lo importante de todo esto es que ya sabíamos cómo ir a la playa. Desde el hotel teníamos vista al mar pero había una tremenda cadena en el parque que llevaba a la costa porque la basura se amontonaba con el venir de las olas. Nos levantamos temprano al siguiente día y tomamos un ferry que nos llevó a Isla Taboga.

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A diferencia del ferry entre Canada Place y North Vancouver, este era abierto y algo más pequeño. En lo que sí se parecen es que ambos ofrecen wifi y en ninguno funciona. A pesar de que teníamos un clima perfecto, yo estaba escondido del sol porque un antibiótico que estaba tomando me producía fotosensibilidad. Obligatoriamente me tocó alquilar un parasol y un par de sillas que costaron otros quince dólares por todo el día. Llegamos a las once y nos fuimos a las cuatro. Creo que ese fue uno de los días más bonitos que tuvimos. Paseamos por la isla, nos encontramos con gatos callejeros. Conocimos la que dicen es la segunda iglesia más antigua del hemisferio y comimos en un pequeño espacio llamado Calaloo. Me prometí a mí mismo darle una buena reseña en google maps y se la debo.

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De qué realmente se trata el debate sobre el aborto

Esta semana se me ocurrió opinar sobre el aborto en Twitter y como resultado mantuve una serie de conversaciones al respecto. La mayoría de las personas con las que hablé se oponía a la despenalización del aborto, algunas en toda circunstancia otras en ciertos casos. En un momento empecé a discutir sobre la diferencia entre embrión y feto. Me respondieron que eso era algo completamente arbitrario (lo cuál es bastante cierto) y decidí callarme porque me di cuenta que la discusión no debe ir por ahí.

Me dediqué a entender a las personas que me estaban hechando la contra (yo sí pienso que se debe despenalizar el aborto) y me llevé la grata sorpresa de que en esa viña hay de todo. Lo que es más importante, uno no puede asumir que todos piensan igual y convencerlos con el mismo argumento. Primero, eso es mentira. Segundo, es estúpido. Y tercero, asume una posición superior de nuestra parte. Estoy abierto a la posibilidad de que me hagan cambiar de opinión y, por ende, escuchar los argumentos de la otra persona (aunque no lo haga por primera vez) me permite saber dónde traza la línea y, quien sabe, conocer nuevos detalles que antes no se me habían ocurrido.

Resulta que hay mucha pelea que se enfoca en la naturaleza del embrión humano. Básicamente aquí hay una gama de ideologías que van desde querer proteger la vida del embrión como se protegería la vida de cualquier ser humano hasta la deshumanización del producto del embarazo. En etapas tempranas, dicen estas personas, el embrión carece de aquello que lo hace humano.

Esa casi siempre es una pelea perdida sin importar de qué lado estén. Uno no puede deshumanizar al embrión si el otro lo ve como un igual porque tiene el potencial de tener una vida normal (porque es cierto). Y es igual de difícil convencer a las personas sobre la consciencia del embrión, si estas piensan que la consciencia humana es la manifestación de circuitos neuronales que el embrión aún no desarrolla. No le puedes hablar a alguien de un bosque si es que no existen árboles.

Luego está la pelea sobre el derecho reproductivo y el derecho a ser “dueña de mi cuerpo”. Si el embrión no es un ser humano, entonces la mujer está realmente decidiendo sobre su cuerpo. Si el embrión es un ser humano “que no tiene la culpa”, entonces tenemos el efecto contrario. Si la persona embarazada no quiere tener un hijo y pensamos que debe hacerlo, es entonces la mujer quien es deshumanizada y cosificada. Ella es un canal para la nueva vida. Quienes se oponen al aborto podrán o no reconocer que el embarazo tiene consecuencias para la mujer pero todos estos cambios son, a sus ojos, reversibles. “Aguántate nueve meses”, aunque todos sabemos que es mucho más.

Es imposible superar enteramente estas dimensiones del debate pero al menos debemos dejar sentado que el embrión no es el único objeto de deshumanización en el contexto de un embarazo no deseado. Como ya expliqué en el párrafo anterior, la aserción de que una mujer embarazada debe mantener su embarazo la reduce a una función reproductiva por encima de sus decisiones de vida constituye también un proceso de deshumanización de la mujer.Y no hay duda alguna de que una mujer es un ser humano completo. La mujer está en su derecho de decidir el rumbo de su vida sin importar cómo se embarazó —y aquí es donde el embarazo por violación alivia esa tragedia social que es decirle a la mujer que ella decidió tener sexo y, por tanto, mantener el embarazo es su siguiente obligación.

Y luego está el verdadero debate. Si estamos hablando de la despenalización del aborto, no estamos hablando de si el embrión es o no humano, aunque importa. O de si la mujer tiene derecho o no a decidir sobre tener un hijo, aunque es una consecuencia inevitable. La despenalización es decidir si una mujer que ha abortado debe o no ir a la cárcel. Y aquí es donde yo me pregunto ¿a quién en este mundo se le ocurre que eso sea una buena idea? (No, no quiero que me mencionen candidatos a la presidencia)

Aquí hay varias presunciones que debemos tocar. La primera es que la pena de cárcel va a disminuir los intentos de aborto. Esto es altamente ineficaz. Los embarazos ocurren en escenarios íntimos y las pruebas de embarazo son libremente distribuidas sin registro alguno (y así debe ser). Una vez que una mujer está embarazada y decide abortar, lo va a hacer. ¿Por qué? Pues porque es un costo demasiado alto. No es que las mujeres no piensen en la posibilidad del castigo pero muchas de las veces la situación rebasa sus posibildades. Un estudio realizado por la agrupación ciudadana por la despenalización del aborto terapéutico, ético y eugenésico de El Salvador evidenció que las mujeres perseguidas penalmente son en su mayoría mujeres en situaciones de pobreza o totalmente dependientes económicamente.

Además no sólo está la carga económica. No voy a generalizar aquí todos los casos pero me voy a enfoncar en aquellos donde el trauma emocional de un embarazo resulta una carga emocional demasiado grande para una mujer. Así se lo explicaba ayer a una amiga: Si una mujer—y aquí querido lector piense en una mujer joven que usted quiere y aprecia como a una hermana— siente que tener un bebé es demasiado (demasiado como cuando mueren tus padres y sientes que no puedes con la vida) y decide abortar por cualquier razón que le resulte así de aterrorizante, yo aceptaría su decisión. Lo que es más, incluso si no compartiera su decisión, no la enviaría a la cárcel. Mucho menos considerando que en la gran mayoría de casos el bajo nivel de educación de las personas encarceladas por abortar demuestra que no tuvieron acceso a una educación sexual adecuada. De 72 mujeres procesadas entre 2000 y 2011 en El Salvador (cuyas datos de educación conocemos), sólo 21 habían concluido la secundaria y apenas cuatro tenían título universitario.

¿Qué sí producen las penas de cárcel por aborto? Que no existan procedimientos médicos apropiados al alcance de estas mujeres. Las mujeres que no pueden abortar, pero lo intentan, usualmente desarrollan infecciones intrauterinas que pueden terminar en sepsis. La atención médica disminuye ese riesgo enormemente, y en caso de infección el tratamiento oportuno previene la muerte. Si las mujeres tienen temor de acercarse al médico por miedo a ir a la cárcel, en muchos casos mueren.

Está claro que no todos los casos de aborto caben dentro del perfil que he descrito, pero las leyes de un país deben, por principio, proteger a sus poblaciones más vulnerables. Sé que esto está muy lejos de cerrar el debate sobre el aborto, y tampoco creo en posiciones absolutas, pero si todos los esfuerzos y campañas dedicadas a promover el encarcelamiento de mujeres que decidieron terminar su embarazo, se dedicaran a la erradicación de la pobreza y a la mejoría de educación sexual y reproductiva y fácil acceso de métodos anticonceptivos, se evitarían muchos más embarazos no deseados y, consecuentemente, abortos sin castigar principalmente a mujeres de poca educación y bajos recursos, sin la cosificación del embrión humano y la deshumanización de la mujer. Creo que es una opción en donde todos podemos ganar.